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Una de las cosas más valiosas que conservamos de Adela de Trenquelléon son sus cartas. Guardamos más de 700 cartas a través de las cuales podemos conocer cómo es Adela, los buenos consejos que da a sus amigas, sus alegrías y preocupaciones, sus proyectos…

Desde pequeña tenía un carácter muy impulsivo, y un genio que debía ser bastante fuerte. Cuando las personas no cuidan un poco de sí mismas, el genio y la impulsividad les hacen hablar a destiempo o meter la pata por no pensar antes en las consecuencias de lo que hacen. Por otro lado, Adela era una persona muy sensible, y esa cualidad le ayudó a darse cuenta de que tenía que aprender a dominar su carácter. Y lo consiguió: con mucho esfuerzo personal y recurriendo a la oración.

En algunas de sus cartas escribe:

“Querida Águeda: Reza a Dios por mí, que buena falta me hace. Quisiera moderar mi impetuosidad hasta en las cosas pequeñas. Pídele a Dios que tenga el valor necesario para ello; y que Él me dé la fuerza.

Reza, querida amiga, para que yo practique todo lo que aconsejo a los demás.”

Adela solía proponerse retos. Sabía las cosas que le hacían enfadar, las personas que le ponían nerviosa o las situaciones en que le costaba mantenerse en silencio sin alterarse. Se proponía mantenerse en calma en esas circunstancias y verdaderamente lo conseguía. Logró a lo largo del tiempo dominar su carácter.

MÁS DE 700 CARTAS DE ADELA

Adela tuvo una vida corta, pero en esos pocos años que vivió se esforzó siempre en querer a las personas que tenía más cerca, en compartir su tiempo y su dinero con los más necesitados, en cuidar las amistades para las que tenía un don especial; entregó su vida a Dios y fundó con Guillermo José Chaminade una congregación religiosa dedicada a María, porque cualquier obra que cuenta con la protección de la Virgen es seguro que no fracasa.

Adela fue una bendición para las personas que vivieron con ella, su vida fue ejemplar. Pero sigue siendo una bendición para todos nosotros. Confiamos en su mediación y podemos pedir a través de ella que Dios haga realidad lo que para nosotros es imposible. ¿Cómo? De la misma manera que acudimos a un amigo porque sabemos que nos va a escuchar y ayudar.

La oración tiene la fuerza de cambiar las cosas. “Recurramos a la oración, pidamos ayuda a Dios y venceremos” (25.4). Cuando Adela escribe esta frase en una carta para su amiga Águeda Diché, tiene sólo 16 años, y es su consejo para superar las dificultades. Nos enseña que rezar no es una cosa que se deja para cuando nos hacemos ancianos sino que en todas las edades podemos recurrir a Dios… y nuestra vida podría ser diferente.

Y los niños y jóvenes de hoy ¿rezan? Ciertamente no es el tema de conversación de moda, pero sí, hay jóvenes que rezan y que recurren habitualmente a Dios.

“Desearía que uniéramos nuestras oraciones, con el fin de que este apoyo mutuo nos ayudara a obtener cada vez más la gracia del Señor.” (334.3), es lo que unos años más tarde Adela escribe a otra buena amiga.

“Reza por mí y por una persona por la que me intereso muchísimo y que en este momento necesita oraciones” (11.5)

El 18 de junio de 1815, a las dos de la tarde, después de 3 años de enfermedad, moría el Barón de Trenquelléon a los 61 años de edad. Adela era su enfermera, cuidaba a su padre con todo cariño y el barón tenía la alegría de tener al lado a su hija, a pesar de su penosa enfermedad.

Escribe en una carta a su amiga Águeda:

                  “Papá se encuentra siempre en una situación muy penosa, al no poder ni hablar, ni comer, ni casi dormir. No dejes de rezar por él, para que Dios le dé toda la fortaleza que necesita y para que se digne aliviarle un poco si es esa su voluntad.” (269.7)

En sus cartas vemos lo mucho que quiere a su familia:

“Estoy muy inquieta por mamá; está en Figeac, ha estado enferma y no tengo ninguna noticia desde hace ya mucho tiempo. Mi hermano tampoco las tiene. Reza por ella. (529.8)

“Mi tía ha caído enferma con fiebre. Ya te imaginarás lo que eso me aflige. Tal vez no pueda ir a Agen a verte. Pide mucho por ella a Dios” (245.2)

“La abuela está mejor, pero parece que se le está paralizando una pierna. Está muy afectada. Reza y haz rezar por ella.” (523.8)

“Encomiendo a tus oraciones a mi hermano y a mi primo. Dentro de ocho días se van a Confirmar” (20.4)

“… De la manera de rezar dependen muchas cosas, ya que nada podemos sin la ayuda de Dios, y precisamente por la oración obtenemos esa ayuda. ¿Cómo quieres que te ayuden si lo pides tan mal? Muéstrale a Dios tus males que él puede curarlos, háblale de tus penas y pesares…” (Adela de Trenquelléon, carta 244.5)

Para recibir hay que saber pedir, todos hemos experimentado alguna vez cómo nos molesta la manera de pedir de algunas personas. Lo mínimo es pedir las cosas con un “por favor” y añadir al final la palabra mágica “gracias”. Es molesto atender a quien pide con exigencia y mandando: “Dame…”, “Haz…”, “Ven…”, “Quiero…”, “Dime…”. Cuando quieras algo de los demás es más fácil conseguirlo si lo pides de otra manera: ¿Podrías darme…? ¿Te importaría hacerme un favor? ¿Sería de gran ayuda que vinieses?; Tú sabes mucho de estas cosas, me gustaría que…

Cuando somos torpes para pedir a las personas que tenemos al lado, también lo somos para pedirle a Dios. Aprendamos a pedir, y si lo que pedimos es bueno seguro que Dios nos lo va a dar.

Adela nos da otro consejo “… cuántos más seamos, más oraciones tendremos para conmover al Señor.” (carta 30.6)

La comunidad marianista de Ajaccio (Francia) recibe la visita de la abuela de una antigua alumna. Toda la familia ha pasado la noche junto al pequeño Francisco que tiene 2 años y está a punto de morir de meningitis. La madre, le dice a la abuela: “No me hables más de medicamentos ni de médicos. Sólo Dios puede curar a mi hijo. Sube a ver a las hermanas marianistas y pídeles oraciones”. Inmediatamente una hermana les lleva una reliquia y la imagen de Adela. Le colocan la reliquia al pequeño en la espalda, aunque los dos médicos que atienden al niño, no creen en Dios y se burlan de la devoción de la madre. Todo el colegio y la comunidad marianista rezan durante nueve días. El martes por la mañana el padre les dice que tiene más fiebre, y por la tarde el pequeño Francisco está en coma. La madre desolada le dice a una de las religiosas que llama por teléfono: “Los médicos a cada visita me quitan la esperanza y yo… ya no la pongo fácilmente en Dios, no llamen más por teléfono para preguntar, nos molesta hablar por teléfono”.

Las marianistas de Ajaccio no se dan por vencidas, siguen rezando y redoblan su confianza en Madre Adela. No se atreven a visitar a la familia y al no recibir noticias durante dos días se esperan lo peor. Por fin, el jueves se deciden a visitar a la familia. La casa parecía en fiesta, el niño estaba en los brazos de su madre, fuera de peligro y sin fiebre. La madre del pequeño hizo pasar a las hermanas a la habitación, la imagen de Adela estaba en medio rodeada de velas y de rosas. El médico certificó que había sido una curación sobrenatural y que la enfermedad no había dejado ninguna secuela.

Este es el testimonio real de una familia que recibió la ayuda que necesitaba por medio de Adela. Leer esto nos anima a creer que Dios puede hacer lo imposible si tenemos un poco de fe, incluso si no la tenemos basta con que la tengan otros.

Adela decía: “Voy a unir mis pobres oraciones a las tuyas por esa persona, a la que yo quiero puesto que tú la quieres”.

Siete meses antes de morir, el 23 de mayo de 1827, Adela le escribe a una de las marianistas que vive en Burdeos: “Mi salud sigue siendo muy floja; no puedo restablecerme porque no puedo comer. Me sigue doliendo el estómago y estoy muy débil”

A nosotros nos duele cualquier cosa, y el mundo desaparece, sólo está nuestro dolor de cabeza, nuestra gripe o nuestro malestar. Pero Adela sigue pendiente de los demás, de todas las casas marianistas, responde a su correspondencia y da buenos consejos como si lo de menos fuera su dolor de estómago. En la misma carta cuenta que en Agen, donde esta ella, ha habido unas fuertes lluvias:

“Hemos tenido una inundación: la iglesia, el coro, las bodegas, las clases, los patios se llenaron de agua; (…) En fin, fue de corta duración. Hay que rezar por un gran número de personas que se han arruinado a causa de esta terrible inundación. Hace cincuenta años que no se había visto una tan grande”. (carta 708.12)

Es muy valiosa la oración que se hace por los demás. Adela siempre anima a rezar por las necesidades de los demás. Cuando pedimos por otros dedicamos parte de nuestro tiempo a pensar en esas personas, en lugar de pensar en nosotros mismos, que es lo que hacemos la mayor parte del tiempo. Es una suerte tener amigos que piensen en nosotros y pidan por nuestras necesidades. Aquella inundación fue terrible, pero Adela no se queja de haber tenido que recoger cubos de agua, ni del   barro que hubo que limpiar en la casa… la conclusión es que hay que acordarse de muchas personas que lo han perdido todo.

El bien se extiende a través de las personas. Es mucho el bien que hizo Adela y el que han hecho las hermanas Marianistas a lo largo de estos 200 años, en todos los países en que están presentes. Pero siempre ha habido una preocupación: las vocaciones.

“Pidamos al dueño de las mies que nos envíe obreras” (374.2), decía Adela; y en otra carta repite: “Hay que pedir al Señor que envíe obreras a una mies tan extensa”. (392.6)

Pedimos por las jóvenes que se están formando para ser Marianistas en India, Togo, Chile, Corea, Francia… son jóvenes que han decidido tomarse la vida en serio y ofrecerla a los demás. Han descubierto el estilo de vida marianista que iniciaron Adela y Guillermo José Chaminade. Ser Marianista es confiar en que no hay nada imposible para Dios, pero trabajar con todas las fuerzas para que todo sea mejor.

Hay muchos rincones del mundo a los que aún está por llegar el espíritu Marianista, y sólo llegará si hay personas dispuestas a llevarlo. Por eso son tan importantes las vocaciones. Pedimos que Dios toque el corazón de las personas para que respondan a su llamada.

Anne-Marie Miolo, antigua alumna del colegio de Agen (Francia)

“En 1959 tuve una paraplejia. Los médicos decidieron llevarme a Burdeos. Me llevaron al hospital infantil, allí me cuidaron durante 4 meses, después me trasladaron a otro hospital en el que estuve seis meses más, pero los médicos no me daban ninguna esperanza de recuperación. Desde el comienzo de mi enfermedad, no dejé de rezar a Adela de Trenquelléon, tenía una pequeña reliquia que me había dado la superiora del Instituto. Mi curación se produjo de golpe, comencé a moverme y a sentirme bien, me ha quedado un poco resentida la pierna izquierda, pero todas las demás funciones son normales. Todo esto lo puedo afirmar bajo juramento”.

Anne-Marie volvió a ocupar su plaza en el colegio después de su curación y para asombro de todo el mundo montaba en bicicleta.

Uno de los médicos le dijo más tarde: “¡Considérese afortunada, señorita! Las curaciones como la suya no se ven. Es un milagro”.

Adela acostumbraba a pedir las cosas con insistencia e invitaba a sus amigas a pedir con ella:

“Tenemos el deber de orar mucho por los demás, por el éxito de las obras que se proponen. Acompañemos con nuestras oraciones a los misioneros que atraviesan los mares para anunciar a Jesucristo.” (641.5)

Oh Dios, fuente de toda vida y santidad.
Te damos gracias por el ardiente espíritu misionero
y el amor filial a María
que infundiste en el corazón de tu sierva
Adela de Trenquelléon.
En el breve curso de su existencia,
trabajó con entusiasmo y perseverancia
para acrecentar la fe y el amor a Cristo y
a su Madre en todos los ambientes,
especialmente entre los jóvenes
y los más necesitados.
Concédenos Señor que, como ella, seamos
signos de tu amor entre nuestros hermanos
Y, a fin de que tu sierva sea glorificada en tu Iglesia,
otórganos, por su intercesión, las gracias que te pedimos.

Amén.