Guillermo José Chaminade

Nació el 8 de abril de 1761 en Périgueux, un pueblo que dista unos 140 Km del Castillo de Trenquelléon. Así que, Adela y Guillermo José no sólo nacieron en lugares distantes sino que el padre Chaminade tenía 28 años más que Adela.

Blas Chaminade y Catalina Bethón ya tenían una familia muy numerosa, pero recibieron con mucha alegría a su decimocuarto hijo: Guillermo. Su padre trabajó en el gremio de vidrieros durante un tiempo. Era un artista, y algo de eso heredó Guillermo, pero al casarse, se ocupó del negocio familiar de su esposa, un comercio de telas.

Hoy diríamos que la familia Chaminade pertenecía a la clase media. La familia vivía con alegría, entre los gritos, alboroto y ocurrencias de sus hijos. Los dos hermanos mayores se habían marchado para ser religiosos y quedaban en casa: Lucrecia, Francisco, Luis y el recién nacido Guillermo. Habíamos dicho que Guillermo era el nº 14, ¿y los otros?... los demás hermanos murieron siendo pequeños, pues en aquella época hasta un resfriado podía causar la muerte.

A los padres les preocupaba mucho la educación de sus hijos, no era fácil en aquellos años en que se estaba preparando la Revolución Francesa. Sus padres y sus hermanos querían muchísimo a Guillermo , todos le enseñaron algo: a rezar, a pensar, a cantar, a jugar, a obedecer y a esforzarse para conseguir lo que quería.

En Périgueux sólo se podía aprender a leer, escribir y poco más. Para seguir sus estudios le enviaron al colegio de San Carlos de Mussidan, donde su hermano Juan Bautista era sacerdote y profesor y su hermano Luis era alumno.

Los años en el colegio fueron fundamentales para Guillermo, por lo que aprendió de todos sus profesores, y también de sus hermanos.

Un día en el colegio de San Carlos de Mussidan, Guillermo se extrañó de no ver a su hermano Luis:

  • Luis, no te he visto en el rato libre de las cinco – le dijo a su hermano.
  • He tenido cosas que hacer – Le respondió.
  • ¿Has tenido que estudiar algo? – continuó Guillermo José.
  • No, pero me he ocupado de mí mismo – le contestó -. Ya te lo explicaré algún día – y se calló.

 

santuario-de-verdelaisEn realidad, Luis había estado rezando, tal como le había enseñado su hermano Juan Bautista. También con la yuda de sus hermanos Guillermo aprendió a rezar y, sobre todo , la Virgen María se convirtió en uno de los pilares de su vida.

En una excursión a una cantera, uno de sus compañeros desprendió una piedra desde lo más alto. Rodando, llegó hasta los que estaban jugando en la hierba y fue a golpear en el tobillo de Guillermo José. Le produjo una herida que al cabo de seis semanas, y después de todos los cuidados que se podían aplicar en aquella época, presentaba unos síntomas alarmantes. Su hermano Juan Bautista le propuso rezar durante nueve días seguidos a la Virgen para pedir que su pie se curara. Así lo hicieron y la Virgen curó la herida de Guillermo José. Para darle gracias a la Virgen los dos hermanos fueron andando al santuario de Verdelais que está a unos 80 kilómetros.

Después de este acontecimiento, Guillermo José Chaminade vivió convencido de la protección de María.

Los peregrinos que visitan hoy día el santuario se encuentran con una mesita al fondo de la iglesia y una indicación que invita a escribir en un papel aquello en lo que queremos que la Virgen nos ayude. Muchos se sientan y escriben su petición, la doblan y la depositan en una caja. Señal de que la Virgen escucha las peticiones son la multitud de placas que cubren las paredes del santuario agradeciendo curaciones y todo tipo de problemas solucionados. También hay una que recuerda que el padre Chaminade estuvo allí para dar gracias por su curación.

Adela conoció al padre Chaminade de casualidad, como sucede con tantas buenas amistades. Cada año iba a Figeac a visitar a su abuela materna. Era el año 1808. Antes de regresar a Trenquelléon su madre visita a una religiosa que conocía desde la infancia. Allí encontró al señor Lafon. En el curso de la conversación la Baronesa habla de la Asociación que su hija Adela y otras jóvenes han creado. El señor Lafon, muy interesado, le hace algunas preguntas, y después le cuenta que él mismo es miembro de una Congregación fundada en 1801 en Burdeos por el padre Chaminade. Hay muchos parecidos entre la Asociación de Adela y la Congregación de Burdeos y el señor Lafon le propone que la “Pequeña Asociación” se afilie a la de Burdeos. En cuanto la Baronesa volvió le contó a Adela el encuentro que había tenido. A partir de entonces el Padre Chaminade y Adela empezaron a intercambiar cartas y La “Pequeña Asociación” se unió a la Congregación de Burdeos.

Adela tenía claro que quería entregar su vida por completo a Dios, y en adelante contará con la ayuda del padre Chaminade para llevar a cabo su propósito. Pero no será hasta el 8 de junio de 1816 cuando se encuentren cara a cara. Por unas cosas o por otras, se aplazaba el viaje del padre Chaminade para ver a Adela y hubo que esperar 8 años para encontrarse. Sin embargo, Adela y él ya habían compartido muchas cosas por carta y era como si se conocieran de toda la vida.

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¡Qué diferentes eran Adela y el padre Chaminade! Ella era joven y vivía en una zona rural; él era 28 años mayor y vivía en Burdeos. Y sin embargo tenían la misma ilusión: hacer del mundo que les había tocado vivir algo bueno, y sabían que no hay nada bueno sin Dios. Así lo había demostrado la Revolución Francesa matando muchísimas personas.

En nuestro mundo, hay otro tipo de revoluciones, pero se sigue poniendo a Dios a un lado porque la tecnología nos da mucha seguridad, la ciencia explica cosas que antes no se sabían; hemos avanzado mucho en algunas cosas, pero seguramente nos siguen faltando las mismas que en el siglo XIX.